El café fue el principal producto de exportación de la economía brasileña durante el siglo XIX y principios del XX, asegurando las divisas necesarias para sostener el Imperio de Brasil y también la Antigua República.

Las raíces del café en Brasil fueron plantadas en el siglo XVIII, cuando las plántulas de la planta fueron cultivadas por primera vez, que se sepa, por Francisco de Melo Palheta, en 1727, en Pará. A partir de entonces, el café se extendió tímidamente por la costa brasileña, en dirección al sur, hasta llegar a la región de Río de Janeiro, alrededor de 1760.

El consumo de café en el continente europeo y en América del Norte se produjo después de que la planta recorriera, desde la antigüedad, un camino que la llevó desde las llanuras etíopes de África hasta las mesas y tazas de los países industrializados en el siglo XIX. Pero para ello fue necesaria una expansión de su consumo a través del Imperio Árabe y el mundo islámico, siendo posteriormente introducido a los europeos, que hicieron su consumo más expresivo alrededor del siglo XVII.

La producción de café en Brasil se expandió desde la Baixada Fluminense y el valle del río Paraíba, que atravesaba las provincias de Río de Janeiro y São Paulo. El cultivo del café en Brasil se benefició de la estructura esclavista del país y se incorporó al sistema de plantaciones, caracterizado básicamente por el monocultivo orientado a la exportación, la mano de obra esclava y el cultivo en grandes fincas.

El café fue, por tanto, uno de los pilares de la sociedad brasileña del siglo XIX y principios del XX. Garantizó la acumulación de capital para la urbanización de algunas localidades de Brasil, como Río de Janeiro, São Paulo y ciudades del interior, además de proporcionar inicialmente el capital necesario para el proceso de industrialización del país y crear las condiciones para el desarrollo del sistema bancario.